PostHeaderIcon De cómo nació la crisis

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Mapa_crisis-400Hacia fines del 2011 la deuda acumulada de todos los estados del planeta ascendió a más 45.000 millones de millones de dólares (o sea, algo así: 40.000.000.000.000… no trate de contarlos, son 13 ceros). Para que un amateur en asuntos económicos, como Ud. o como yo, pueda dimensionar de lo que estamos hablando, tal vez convenga una traspolacion didáctica de valores.

 

Imaginemos que podríamos pagar un dólar por segundo: nos tomaría once días pagar una deuda de un  millón de dólares. Si la deuda fuese de un millón de millón de dólares, entonces tardaríamos treinta y un años en reembolsar el empréstito a un dólar por segundo. Ahora bien, lamentablemente la deuda es de 40.000 millones de millones de dólares. O sea que pagar la deuda a un dólar por segundo, nos tomaría un poquito más de un millón doscientos mil años.

En síntesis, la deuda no es pagable. Especialmente cuando vemos que el crecimiento y el sostén mundial de las economías se ha trasladado a países como China o Brasil, mientras que la deuda se ha instalado definitivamente y crece en los países centrales (¿ricos?): EE.UU., Japón, Francia, Alemania, etc… Este endeudamiento escandaloso por parte de las potencias mundiales, limita políticamente las acciones de los gobiernos y se ejemplifica en los reducidos márgenes de maniobra de países como Irlanda, España o Grecia (hoy, cada griego debe 35.000 dólares).

¡Es la crisis! Se grita desde la izquierda y desde la derecha. Sin embargo, los números indican que, si bien la deuda ha aumentado de un tercio en los últimos 4 años, esto es únicamente por la estatización de la deuda privada, deuda que recaería en los contribuyentes de una o de otra manera.

En otras palabras, no es la crisis la que ha conducido al endeudamiento precipitado de bancos y estados, sino más bien lo contrario: el endeudamiento feroz e indiscriminado nos sumergió en una burbuja especulativa que explotó con la crisis.

Antes de demonizar al capital -que no puede ser entendido como un mal en sí mismo-, hay que entender que las deudas fueron contraídas con el fin de acelerar las golpeadas economías de post-guerra. Por otra parte, el endeudamiento permitió una mejora innegable en la calidad de vida del conjunto del planeta (en mayor o menor medida). El problema es que, eclipsados por bienes de consumo y perspectivas ultrapositivistas, los gobiernos fueron dejando de lado toda consciencia colectiva y entregando el destino de las naciones a la especulación, la toma de riesgos y el sueño de la creación de una riqueza virtual.

Paulatinamente, las protecciones que los países centrales habían instalado tras la crisis del ’30, fueron siendo eliminadas. En gran medida, las opiniones de los economistas más ilustres del mundo los avalaban. Recordemos que nuestro querido Milton Friedman (premio Nobel de economía 1976) criticaba socarronamente toda intervención y regulación estatal, tildándolas de retrasadores del progreso.

“¡El verdadero problema es el hombre postmoderno!”- se repite en los claustros de los eruditos antropólogos mundialistas: ese sujeto individualista, ciego, incapaz de pensar a largo plazo y ansioso por mantener una vida plena en el cuarto de hora que le toca en la tierra. ¿“Consumo, luego existo”?. No, claro que no. Estos análisis buscan demonizar el presente y encontrar un chivo expiatorio para resolver la angustia que provoca el desconcierto que despierta el futuro. La historia reciente muestra que a mediados del siglo XIX y hacia fines del siglo XVIII, también han habido períodos de crisis financieras producto del endeudamiento. Entonces, ¿cómo explicar el gesto tarado de repetición compulsiva al crédito? ¿Por qué pisamos una y otra vez el palito de la deuda?

Es necesario plantear que, aunque es posible que existan razones metafísicas profundamente arraigadas en la cultura (¿acaso la deuda no es la principal estructura moral de la religión?), tenemos la urgencia de encontrar responsables inmediatos de la invención de la deuda. Para apaciguar la indignación, por supuesto. Pero para encontrar los orígenes estratégicos de un problema que hoy promete reestructurar las bases del sistema económico mundial. Por un lado, hay que decir que nuestros sistemas impositivos y de redistribución fueron pensados con un modelo de esplendor y abundancia de recursos. Los estados actuales, hijos de aquellos estados liberales, ya no pueden gestionar el estancamiento y las recesiones comerciales. La teoría del derrame pierde sentido cuando no hay nada que volcar sobre el vaso y, para seguir con la metáfora, ningún barman le fía a un moroso. Por otro lado, hay que pensar en el ciclo liberal que hoy pareciera extinguirse, y que nació, tal como lo conocemos actualmente, tras la segunda guerra mundial. Un único objetivo reinaba en las mentes de los jóvenes de fines de los ’60 (hoy viejos hombres de negocio, políticos o banqueros): bajo la égida de la rebelión al orden establecido y en contradicción con las generaciones precedentes, sus modos de vida y sus valores, esa generación gestada en la opulencia gritaba incesantemente: Libertad.

En agosto de 1969, los hippies norteamericanos mandaron un mensaje muy claro desde Woodstock: “all we need is freedom”. Lamentablemente para ellos (aunque no lo sabían) y para nosotros (que lo vamos a padecer), en 1979, Margeret Thatcher se haría cargo de ese mensaje de liberalismo. Habría en el medio una imperceptible traducción en términos económicos que conducirían a la adopción de alguna que otra medida: retraimiento estatal, privatizaciones, desregularización financiera, liberalización de la información y de las nuevas tecnologías, liberalización del acceso al crédito. Todos los líderes del mundo, desde Reagan hasta Deng Xiaoping en China, alinearían sus estrategias económicas dejando de lado cualquier ápice de Keynesianismo o social-comunismo.

Finalmente, en 1989, la caída del muro de Berlín constituiría la puesta en escena del ciclo maduro de liberalismo mundial. En aquel entonces, el rol de los medios de comunicación y el acceso a la televisión digital (ah, ¿por eso iban a la luna?), jugaron un rol histórico que muchos revisionistas empiezan a poner en tela de juicio. Basta con mirar «Good Bye Lenin». Estados Unidos, tierra de la libertad, será transmitido en directo como el modelo a seguir; la nueva Roma: “sank iu, dier president”, diría Menem, el ex presidente de la República Argentina. Detrás de él, toda la región iberoamericana compraría el programa de desarrollo liberal con las conocidas consecuencias sociales que ésto acarrearía para la región.

A nivel mundial, una economía de mercado que ya no teme una guerra fría, condujo a la desaparición paulatina del rol paternalista de los estados. Diez años de maravilloso progreso mundialista y entonces, lo peor: recesión y más recesión. La industria del miedo reactiva las golpeadas economías centrales regalándoles un ultimo veranito de héroes y villanos. Pero en 2008 la especulación llega a niveles jamás antes vistos y la quiebra del Lehman Brothers hace sentir que lo impensable era realidad.

En 2009, el mercado agoniza con crisis de confianza profundas en EE.UU., Rusia y Japón (las socialdemocracias europeas aguantan un poquito mas). Las izquierdas europeas hablan de recuperar el rol interventor del estado, mientras que los banqueros entrevistados por los medios se oponen, con esa intemperancia de Baby-Boomer, a toda ingerencia estatal de sus affaires económicos. “Sólo una economía libre podrá salvarnos”, dicen. Al problema de la deuda, más deuda.

Resumiendo: la crisis económica es la sobrina no reconocida de los liberales políticos de fines de los ’60 -personificados en la figura de Strauss Khan-. Es el hijo mocho de esa generación malcriada, caprichosa y necia, construida sobre el consentimiento, la culpa paterna y la negación de la generación precedente. ¿Es posible salir de la deuda? No. Sólo una transmutación radical de los valores que hoy rigen el mundo puede emancipar a la próxima generación (nosotros) de vivir 20 años de recesión. ¿Podríamos intentar extraer un aprendizaje positivo de la deuda? Si. Y ese debería ser nuestro objetivo primordial. Ahora bien, para salir de cualquier crisis, parece indispensable contar con algún objetivo o aspiración. Si esta motivación está guiada por un espíritu de revancha como se palpita a veces en latinoamérica, o una vuelta a fórmulas anticuadas como propone Alemania, entonces habrá que prepararse para afrontar algunos años más de economía expiatoria.

 

Juan MARCOS

 

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