
En verano del 2006, viajé a Barcelona a encontrarme con mi hermana. Empaqué papeles y bronceador. Al llegar al control de viajeros fuera de la UE y miembros con acuerdos, además de hacerme el control habitual, me piden mostrar dirección de destino y boletos de avión, haciéndome un interrogatorio íntimo de mis planes en esa ciudad. Después de veinte minutos y tras argumentar que, además de comer tapas y tomar gazpacho y de visitar la casa de Dalí en Figueres, resido en Suiza y que no me interesa quedarme en el país, me dejan pasar.
En invierno del 2008, volví a Barcelona por cuestiones de trabajo. Esta vez me preparé como para presentar un examen, sintiéndome lista a presumirle al sujeto el primer gran proyecto que tenía en manos, el cual incluía conocer en persona al príncipe Felipe. Lástima que no hubo interrogatorio, ya que tras la verificación habitual de mis documentos, en los siguientes cinco minutos estaba fuera del aeropuerto y me dirigía a tomar el tren.