Luzerna, Zurich y Venezuela: La “suizazolana”
En 1948 mi abuelo, oriundo de Escholzmatt, Lucerna, embarcó desde Génova (Italia) hasta Buenaventura (Colombia), para finalmente trabajar algunos años en la floreciente economía colombiana en Calí. Un año antes había conocido una joven proveniente de Zurich en su contexto laboral, pues ambos trabajaban para la Nestlé en Vevey. Con la excusa de regarle unos chocolates, mi abuelo consiguió una cita con la joven asistente de laboratorio, tres semanas antes de emprender el largo viaje hacia Colombia y con un beso sellaron su promesa de volverse a ver. Durante un año se escribían cartas de amor, hasta que un día ella aceptó ser su esposa mediante una carta en su puño y letra que tomó varias semanas en llegar. Una decisión riesgosa, pero llegaron a celebrar su aniversario de oro y dieron vida a cinco hijos. Mi abuelo fue nombrado director de la Nestlé en la región del Zulia en los años 50, trasladándose así al nordeste de Venezuela.
Mi padre nació en Cali (Colombia) y se crió en Venezuela, rodeado de muchas vacas y de una naturaleza salvaje que en su época se afanaba civilizar. Mis padres se conocieron en el aeropuerto La Chinita de Maracaibo, mientras esperaban una amiga en común proveniente de Suiza. Fue amor a primera vista – se casaron al año de conocerse - complaciendo las expectativas de todos. Él impresionado por su belleza, ella “mejorando la raza” y la familia de ambos complacida de la unión entre dos jóvenes de la clase social media-alta a fines de los años 70.
Nací en la ciudad más caliente de Suramérica, en Maracaibo, Venezuela. Crecí los primeros años de mi vida en la misma, luego cursé la escuela primaria en un pueblito en la Suiza alemana. Estudié la secundaria en Maracaibo y el pre- y postgrado en la Suiza italiana. Vivo desde hace casi dos años en Ginebra, aunque es una ciudad desafiante, me siento a gusto entre cosmopolitas, cooperativas y personas que se creen muy importantes. Confieso que fue duro establecerme en un país tan diferente al calor humano que me consentía en Suramérica. No entendía cómo los transportes públicos podían ser tan puntuales y me escandalizaba la falta de caballerosidad de los hombres europeos. Me parecía extraño que la gente no camine por la sombra y esa alegría colectiva cuando brilla el sol.
Soy ambiciosa y en el 2000 le manifesté a mi familia paterna mi afán de estudiar en una universidad helvética. Fue doloroso escuchar la crítica poco constructiva y la lista de requisitos que según ellos impedirían mi objetivo. Me costó mucho perdonarles esa falta de confianza. Hoy en día gozo de un espectacular trabajo y una buena posición profesional, lo cual comprobó la falsedad del exagerado escepticismo de mi familia Suiza alemana. El secreto de mi triunfo se lo debo a mi madre y la perspicacia marabina que heredé, y también a mi abuela paterna, que me abrigo con su cariño y protección. Como dicen en mi tierra natal, “soy más fuerte que el odio”, mientras más puertas se cerraban más ventanas abría y seguiré abriendo.
Hago un llamado a toda la comunidad hispana para abrazar nuestros valores latinos de familia, buen humor y calor humano. Son valores únicos y sumamente positivos que en este primer mundo a veces parecen ser escasos. Mi receta triunfante consiste en complementar mi dote guajira con la valía suiza, como puntualidad y profesionalidad. Después de todo vivimos en un mundo globalizado, donde las culturas se mezclan y está sólo en nosotros el extender nuestro horizonte y realizarnos con la respectiva visión de cada quien. Los suizos se alegran al ver el resplandor del sol, cada hispano lleva ese sol radiante dentro: sólo tenemos que brillar.





